
La Palabra del Señor indica que nosotros debemos recibir el Espíritu Santo porque hemos sido enviados por Jesucristo a realizar una importante labor. En el libro de Juan (20:21-22), Jesús dijo: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. La expresión “como me envió el Padre” es importante entenderla para también entender la segunda expresión “así también yo os envío.” La pregunta es: ¿con qué misión el Padre envió a Jesús?
Una importante dimensión de la misión de Jesús en la tierra—otorgada por el Padre—tiene que ver con lo que se enseña en el siguiente pasaje. Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras (Jn. 14:8-10). Podemos ver que la misión encomendada por el Padre a Jesús puede ser resumida por la expresión: “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Por lo tanto, el Señor Jesucristo fue enviado a la tierra a mostrar quién y cómo era el Padre. Si alguien quería saber cómo era Dios, tenía que sólo ver cómo era Jesús y concluir: ¡así también es Dios! En otras palabras, el Maestro es la imagen del Padre (Col. 1:15). Por eso también la escritura dice que a Dios nadie le vio jamás, pero Jesús le ha dado a conocer (Jn. 1:18).
Si Jesucristo fue enviado para mostrar al Padre, nosotros somos enviados para mostrar a Jesucristo. ¡Esa es la misión que se nos ha encomendado! Por tanto, supongamos que un amigo muy cercano nos dijera: "muéstrame a Jesús y me basta." ¿Qué diríamos? Tal vez unos dirían: "debes leer la Biblia"; otros, "pide a Jesús que se revele a tu vida"; otros buscaríamos algo que decir, pero aclararíamos: "¡no te fijes en mí!" Lo cierto es que similar a lo que Jesús respondió, tendríamos que nosotros también decir: "El que me ha visto a mí, ha visto a Jesús." Pero cuando pensamos en esto, inmediatamente nuestra conciencia comienza a trabajar para decirnos que aún no estamos a la altura del Maestro. Sin embargo, hacia allá debemos apuntar en nuestra vida cristiana. El que nosotros no nos encontremos en ese nivel, no significa que no sea esa la meta que Jesús nos pide. Por lo mismo es que Pablo dice que Dios nos fijó de antemano—a todos los
creyentes—la meta de ser conformados a la imagen de Jesucristo (Ro
8:29). Saber el destino hacia dónde vamos, nos indica cuánto camino nos resta. El Señor Jesucristo sabiendo que daba esta misión a sus discípulos, sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque sin el Espíritu Santo morando dentro de nosotros es imposible que podamos mostrar la imagen de Jesús.
Cuando el Espíritu Santo está dentro de nosotros nada es más importante en nuestras vidas que mostrar la imagen de Jesús. Y no se trata de andar hablando de Jesús—en estos días muchos hablan de él, sino de que nuestro comportamiento diario refleje su carácter; que lo demos a conocer con nuestra forma de vivir. Se trata de que las personas que viven a nuestro lado: el familiar, el vecino o el amigo identifiquen a alguien especial morando en nosotros. No obstante, nosotros creyendo ser buenos cristianos, muchas veces, damos a la gente una imagen muy distorsionada de quién es verdaderamente Jesús. Tan sólo observar este error en nuestras vidas debería hacernos temblar y venir a las plantas del Señor en humildad a implorar su perdón y que sople su Santo Espíritu dentro de nuestro ser.
Nosotros—los cristianos—buscamos la presencia del Espíritu Santo no sólo para ver señales de sanidad, lengua, milagros, la resurrección de un muerto, etc. Sino, más importante aún, para mostrar a Cristo en nuestras vidas. Por esto Pablo enseña: Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo (1Co 11:1). Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros (Fil 3:17). Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gá. 2:20.) Dios nos levante—a hombres y mujeres en estos días—poderosos en el Espíritu Santo para predicar a otros con nuestros hechos, sin pronunciar palabra alguna, haciendo nuestra la expresión: el que me ha visto a mí, ha visto a Jesús.
--RJM
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2 comments:
Maravilloso mensaje!!! Es mi anhelo llegar a ser una fiel representante de mi Salvador Jesús.
Me uno a ese anhelo. Esa es nuestra meta y lo que debiéramos tener siempre en mente y en el corazón. --RJM
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