
Hermoso versículo bíblico que pareciera ser una autobiografía del Señor Jesucristo. El se define así: he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. ¿Tenía el Señor Jesucristo la posibilidad de hacer su propia voluntad aquí en la tierra?
La respuesta es sí. El podía hacer su propia voluntad. A él se le preparó un cuerpo semejante al nuestro, pero sin pecado. El no tuvo “viejo hombre”. En el caso de los creyentes, llevamos una experiencia en la cual antes teníamos lo que la Biblia denomina el “viejo hombre”, luego Dios nos hizo nacer de nuevo, y ahora somos del Señor. En el caso de Jesús, nunca tuvo viejo hombre porque él nació santo. Sin embargo, en su ser también él tenía la capacidad de hacer su propia voluntad como nosotros. Pero, a través de esta palabra, él está diciendo que nunca hizo su propia voluntad.
La voluntad del Señor Jesucristo estaba totalmente alineada con la voluntad del Padre. Nunca hubo un atisbo de voluntad propia en Jesús. ¡No! Todo era la voluntad del Padre. Incluso, próximo a la muerte, el Señor Jesús conversa con Dios diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc. 22:42). Y esto nos enseña importantes cosas.
Primero, nosotros debemos conocer cuál es la voluntad del Padre. Y la voluntad del Padre es que nos apartemos del pecado. Por eso él entregó al Señor Jesucristo. Muchas veces nosotros pensamos que la voluntad de Dios para nuestras vidas tiene que ver, por ejemplo, con que obtengamos un nuevo trabajo, o que hagamos un nuevo negocio, o que nos vayamos de misioneros hacia otro país, etc. Pero la voluntad del Padre siempre es que nos apartemos del pecado. ¡Siempre! No hace falta que venga un ángel del cielo a decírnoslo o que un profeta de Dios tenga que decirlo; la Palabra de Dios lo establece así (1Ts 4:3; ver también He 12:1).
En segundo lugar, para nosotros poder hacer la voluntad del Padre, debemos depender en forma absoluta de Dios – aquí no hay términos medios. ¡Absolutamente de Dios! Adán y Eva en el Edén, antes del pecado eran totalmente dependientes de Dios. Ellos compartían con Dios; había un canal de rica comunicación entre Dios y ellos – eso significa ser dependiente. Ellos obedecían al Padre. Dios se paseaba en el huerto y conversaba con ellos; seguramente conversaban acerca de las cosas que el hombre hacía: poner nombre a las criaturas, labrar y guardar la tierra, etc.
Luego que Adán y Eva pecaran contra Dios, perdieron esa dependencia. El pecado genera independencia de Dios. Por eso es que el Señor nos pide que dejemos el pecado, porque el pecado es lo que nos aparta o nos hace ser independientes de Dios. Una persona independiente de Dios quiere hacer lo que a ella le gusta ¡y sólo eso! Los grandes problemas que existen en la humanidad se deben a que como seres humanos deseamos siempre hacer lo que se nos antoja, actuando con total independencia de Dios.
Finalmente, en el versículo leído el Señor está declarando el propósito que todos debiéramos tener. ¿Cuál es este propósito? No hacer mi voluntad. ¿Cuál debiera ser la definición de quiénes somos? ¿O de quién es Usted? ¿O de quién soy yo? He sido transformado por Dios, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me transformó. Si quizás nos encontramos descentrados en este propósito, pidamos en oración: Padre yo no quiero hacer mi voluntad, sino la tuya. Y para eso Dios nos ha dado la gracia abundantemente.
--RJM
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1 comment:
Amén
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