
Mi abuelo, Willis C. Hoover, era pastor metodista episcopal en Valparaíso, Chile, con una congregación creciente de 800 miembros, cuando experimentó por primera vez los vientos del avivamiento Pentecostal.Siendo un hombre devoto, sensible al Espíritu, se había sentido inspirado por los informes de David Livingstone para ofrecerse como misionero al Africa. Cuando la Junta Misionera respondió asignándolo a Chile, lo aceptó como la voluntad de Dios. Aunque esto significó que abandonara su práctica como médico homeópata en la región de Chicago, tanto é1 como su joven esposa aceptaron llevar una vida de servicio de acuerdo con la voluntad del Señor. Llegaron a Chile en 1889.
Durante su pastorado en Valparaíso, les llegó la noticia del derramamiento pentecostal en 1906 en la misión de la calle Azusa, en Los Angeles. Esto avivo su interior y comenzó a estudiar la Biblia con redoblado interés. Providencialmente, ese año, las lecciones de la Escuela Dominical se basaban en el Libro de los Hechos. Reunió a su familia para tener momentos especiales de oración rogando por un avivamiento.
El hogar de los Hoover dedicó momentos para buscar a Dios y la junta de diáconos se les unió en estas reuniones de oración. El siguiente paso consistió en establecer una reunión de oración los domingos por la tarde en el templo, que se denominó "la clase de las cinco". Esta reunión atrajo a cantidades crecientes de personas, quienes oraban en ocasiones en forma continua hasta que llegaba el servicio nocturno. Todo esto cambió las costumbres de oración de la congregación. Recuerdo que mi abuelo nos relató que una tarde, al arrodillarse en la plataforma, se percató de que comenzaron a orar simultáneamente, en lugar de la oración individual como lo dictaba la tradición metodista. Lleno de curiosidad, abrió los ojos para observar su congregación que oraba espontáneamente así y le pareció "como el sonido de muchas aguas". Cuando el Espíritu Santo se derramó sobre la congregación en oración, se observaron varias manifestaciones incluyendo el hablar en lenguas, la risa santa y la danza en el Espíritu. También se observaron algunas exageraciones. De hecho, cuando mi abuelo yacía en su lecho de muerte en 1936, los que le rodeaban escucharon y consignaron su petición predominante ante Dios: "Danos otro avivamiento como el que Tú nos diste y, si es posible, sin los errores y las extravagancias que lo acompañaron; pero, en todo caso, concédenos otro avivamiento."
Tanto la evangelización que hacía la iglesia como la de testimonio individual, tomó un significado y un impulso renovados. Fue entonces cuando se inició la práctica de predicar en las calles. Mientras crecía, yo participe en muchas de esas reuniones en Valparaíso. Y a pesar de que mi abuelo falleció hace más de cincuenta años, las reuniones en las calles siguen siendo un sello distintivo y un factor importante de participación en el gigantesco crecimiento de la Iglesia Pentecostal Chilena. Recuerdo que cuando yo era joven en Chile, nos reuníamos en una esquina a diez o doce calles del templo antes de cada culto. Cantábamos y testificábamos; luego, nos dirigíamos a la siguiente esquina. Cantábamos algún coro a medida que caminábamos, recitábamos en voz alta un versículo bíblico apropiado o dábamos un testimonio breve. Repetíamos este procedimiento en cada calle e intersección hasta llegar al templo.
Hoy en día, la práctica está mucho más organizada. Los participantes se dividen en varios grupos por sexo y edad, y se les asignan lugares específicos. Los grupos que se acercan de varias direcciones convergen en el templo, en donde cada líder informa brevemente al pastor antes de arrodillarse en torno a la plataforma para orar. Para mi esposa y para mí resultó un momento muy emotivo hace poco cuando, de pie al lado del púlpito de una iglesia grande, presenciamos junto con el pastor cómo los grupos llegaban uno tras otro, cantando llenos de gozo, trayendo sus informes. Hubo cientos que llegaron de este modo llenando el santuario que estaba vacío hacía unos instantes antes. Se alcanza a muchas personas, de las cuales algunas aceptan la invitación de los predicadores ambulantes para acompañarlos a la reunión. No obstante, mientras la congregación metodista se sintió dichosa con el avivamiento que se produjo a principios de este siglo y se regocijó testificando en el poder del Espíritu, los líderes de la Iglesia Metodista de los Estados Unidos no fueron del mismo sentir. Se sintieron perturbados por los informes de Dr. Hoover y de otros, algunos de los cuales criticaron lo que estaba sucediendo. A ellos les pareció que el decoro, el buen gusto y un culto bien ordenado, herencia de los días de Wesley, se estaban sacrificando en aras de un sentimentalismo humano. Era preciso hacer algo.
Por tanto, durante la Conferencia Anual de la Iglesia Metodista Episcopal de Chile, celebrada en Temuco, en 1909, el Obispo Bristol se enfrentó cara a cara con el "problema" del pentecostés. Se le había encargado que efectuara una investigación y tratara de persuadir a mi abuelo a que abandonara lo que los líderes de la iglesia veían como un error intolerable de doctrina y práctica.
El Dr. Hoover recibió a su superior con toda cortesía; pero no podía negar la experiencia Pentecostal ni detener el movimiento del Espíritu. Entonces, la iglesia emitió un ultimátum: o abandonaba sus actividades pentecostales y dejaba de enseñar esa doctrina, o se le despediría de la Iglesia Metodista Episcopal.
Para mi abuelo, la elección era evidente. Mas tarde, se llenaba de satisfacción cuando relataba lo que sucedió cuando decidió defender sus creencias. Comparó su posición con la de Martín Lutero cuando se enfrentó a la jerarquía católica en la dieta de Worms: "Esta es mi posición. Que Dios me ayude. No puedo trabajar de otra manera." Con esas palabras, el Dr. Hoover se separó de la Iglesia Metodista Episcopal. Con aproximadamente 400 miembros de la congregación que pastoreaba que también habían recibido el bautismo del Espíritu Santo, formó la Iglesia Metodista Pentecostal.
Para él, esta fue una decisión titánica. El romper con la iglesia que lo había formado y le había dado un campo para ministrar exigió una fe, una entrega y una convicción profundas. Significó abandonar toda la protección que la iglesia madre de los Estados Unidos les confería a él y a su familia. Ahora, su sustento dependía por completo de la congregación chilena a la que había guiado a su pentecostés.
Sin embargo, aunque se separó de la Iglesia Metodista, mi abuelo dejó muy en claro que permanecía siendo un seguidor de John Wesley. En consecuencia, la Iglesia Pentecostal retuvo y sigue conservando la disciplina metodista, su forma de gobierno eclesiástico y sus doctrinas fundamentales junto con la experiencia Pentecostal.
La nueva Iglesia Metodista Pentecostal creció rápidamente desde el principio, atrayendo tanto a personas de la comunidad metodista como de la población en general. Mi abuelo nunca titubeó en su creencia de que el avivamiento que había presenciado tenía un origen divino. Esta convicción le ayudó a aceptar con sencillez y humildad su nueva situación de misionero sin sostén del extranjero.
Los chilenos pentecostales sostuvieron lo mejor que pudieron a su líder estadounidense. Mi abuelo solía recordar la experiencia de esos días iniciales con asombro y gratitud. Los tiempos eran difíciles; pero la certidumbre de la dirección y la presencia divina no los abandonó jamás.
La historia continúa....
________________________________
Publicado en inglés por Revista Heritage vol. 8 #3, 1988.
Traducción tomada de Revista AVANCE #3-4, 1990.
________________________________
Publicado en inglés por Revista Heritage vol. 8 #3, 1988.
No comments:
Post a Comment