El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28: 13)

A diferencia de antes, en los mensajes de hoy poco se habla de pecado en las iglesias. Sin embargo, cuando se llama al mundo no creyente por medio de la predicación, a éstos se les dice que dejen el pecado, que se arrepientan y que reciban a Jesucristo como su perdonador y salvador personal. A estas criaturas cuando se les dice que son pecadores, ellas no entienden este trato y muchas veces hasta les molesta, y optan por ignorar al que está haciendo el llamado hacia el evangelio del reino. Es peor aún cuando se les dice que dejen su sistema de vida y que están en pecado ante la presencia de Dios. Y con justa razón se indignan, porque ese es el mundo en el cual viven y no conocen otro diferente que sea mejor. Pensemos en este ejemplo: estamos en un jardín rodeados de hermosas flores y entre nosotros hay una persona que es ciega de nacimiento. De pronto encontramos una flor con un color muy hermoso y le solicitamos a la persona ciega su opinión sobre el color de dicha flor. De seguro guardará silencio, y se sentirá ofendida y humillada, porque no comprendieron su limitación. Sabemos que es pecado humillar al prójimo. Así como este ciego, es el estado de la criatura que no tiene conocimiento de Dios. ¡Está limitada! Vive creyendo que esto es todo en la vida y que después de la muerte no hay nada más.
Si nuestra predicación es de esa forma, entonces nos hemos equivocado en la manera de entregar el mensaje de Salvación. Debemos contar la historia de la venida de Jesús el Hijo de Dios a este mundo y el mensaje que traía para toda la humanidad y las promesas de vida eterna para el que cree, si pone en práctica las enseñanzas que dejó. Además, podemos contar las cosas maravillosas que Jesucristo ha hecho en nuestras vidas, como hacían los apóstoles, según está escrito en el libro de los Hechos (4:20; 5:32): Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Y nosotros somos testigos suyo de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Ro 10:14). En estas tres preguntas hay un personaje central, y es ¡Jesucristo! Es a él a quien debemos predicar al mundo, lo que él hizo y quiere hacer a favor de la humanidad. Y su palabra hará la obra en el oyente. No nos corresponde decirle pecador al mundo, su propia conciencia se encargará de llevarlo al arrepentimiento ante las plantas de nuestro redentor. Porque está escrito: Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié (Is 55: 11). Nuestro Salvador Jesucristo en una ocasión dijo: Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado (Jn 15: 22).
Ahora bien, no se trata de justificar a la criatura que está lejos de Dios, ¡de ninguna manera! Pues todo el que vive lejos de Dios está en pecado; tanto judíos—pueblo escogido de Dios—como gentiles—el resto del mundo (Ro 3:9). Y el que está en pecado está destituido de la gloria de Dios (Ro 3:23). Y a esta gloria nos quiere entronizar nuestro Salvador Jesucristo, si dejamos de lado nuestra vieja manera de vivir y ponemos por obra sus palabras. Esto es tanto para los que estamos dentro de las iglesias como también para los que serán llamados por la predicación del evangelio, según sea la santa voluntad de Dios.
Sin embargo, si nos detenemos a examinar la palabra pecado, en la primera acepción significa: hecho, dicho, deseo, etc., contra la ley de Dios. Y en la segunda acepción significa: culpa que priva al hombre de la vida espiritual de la gracia. Al leer con atención estas descripciones, ambas acusan al creyente, que se encuentre bajo una de ellas, como pecador.
Cuando Dios llama a la criatura lo hace para hacerle mucho bien. Esto, no por mérito alguno, sino por misericordia. Este bien lo veremos en su gloria si nos asimos fuertemente de quién nos llamó, Jesucristo, quien nos tiene asidos para alcanzar el premio del supremo llamamiento de Dios. El apóstol Pablo habla claro cuando dice: …yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado (el premio); pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está adelante, prosigo a la meta… (ver Filipenses 3:11-17). Dios nos llama para enseñarnos; como bien lo hizo nuestro Señor y también hicieron sus apóstoles. Y estas enseñanzas son: el amor hacia Dios primeramente, el amor al prójimo como a nosotros mismos, amar la justicia, amar la verdad, amar la misericordia, etc. Pero, exceptúa en nosotros el emitir juicio o juzgar a los demás. Jesús en una oportunidad dijo: Porque no he venido a juzgar al mundo, sino para salvar al mundo (Jn 12:47).
El poder de la predicación del evangelio, que es la Palabra de Dios, juzgará al mundo a su tiempo. No nosotros. No debemos olvidar que hay pecados que se ven y hay otros que se guardan en el corazón. Pero a su tiempo serán sacados a la luz, como sucedió a David, rey de Israel. No fue condenado a morir él por su pecado, sino fue remitida la sentencia al hijo que nació, por hacer que blasfemaran los enemigos de Jehová (2S 12:9-25). Lo mismo le sucede a Acán, quien cegado por la codicia, fue lapidado él con toda su familia, todos sus bienes y animales; además del anatema que había tomado; luego, todos fueron quemados (Jos 7:18-26). En ambos casos eran conocedores de la Palabra de Dios. Por eso se les imputa como pecadores. Nuestro Salvador Jesucristo dijo: Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz (Lc 8:17). En otra ocasión dice: Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse, ni oculto, que no haya de saberse. Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá, y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas (Lc 12:2-3).
Recordemos que quienes estamos dentro de las iglesias no somos los mejores del mundo. Escrito está: Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1Co 1:26-29). ¡Somos injerto de Dios en el verdadero olivo! Porque si Dios a Israel le dice: El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento. ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebeláis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite (Is 1:3-6). ¡Nuestra condición, cuando Dios nos llamó, era peor que éstos! Una vez más. ¡Somos sólo injerto en el verdadero olivo!, ¿cuál era nuestra condición, antes de ser alcanzados por la gracia de Dios? ¿Mejor que los israelitas? ¿Dónde queda entonces nuestra arrogante conducta ante aquellos que aún no han sido alcanzados por la predicación del evangelio del reino? ¿Nos olvidamos que hemos sido lavados por la sangre preciosa de nuestro Salvador Jesucristo para poder presentarnos limpios ante el Padre sin tener de qué avergonzarnos?
Seamos como aquél publicano que cuando oraba, solo atinaba a decir llorando: ¡Se propicio a mí pecador! (Lc 18:13-14). Todavía estamos en este cuerpo de pecado, tratando de ir venciendo todos los días sus deseos que se oponen a la santa voluntad de Dios. Oremos para que no pequemos… ¡Tanto!
--Testigo Fiel
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