Nacer de nuevo

March 01, 2011

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el  que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3.)

En este último tiempo, se está viendo y escuchando la predicación del evangelio del reino en las calles, por televisión, por radioemisoras, y otros más osados puerta a puerta; como si esto fuera una competencia quien logra más fieles para sus diferentes denominaciones religiosas. Aunque esto no está mal que se haga, ya que Dios llama al hombre a realizar esta labor, pero para realizar tan magnífica labor es necesario que el hombre tenga un nuevo nacimiento. Así se lo hace saber a Nicodemo nuestro Señor Jesucristo, cuando  este fariseo principal entre los judíos,  le visita de noche para conversar en privado con él. Posiblemente, no era la respuesta que esperaba recibir del maestro de Galilea. Nicodemo era considerado con mucho respeto entre los suyos, ya que era una autoridad honorable, distinguido en Jerusalén.  Sin embargo, para Jesús, él era tan sólo uno más de los necesitados de la misericordia de Dios y que debía ser transformado en nueva criatura para ver la gloria del reino, tal como Jesús se lo hace saber, diciéndole que debía nacer de nuevo.

No debe sorprendernos cuando este varón de Dios, Nicodemo, que se convierte después en un fiel y silencioso seguidor de Jesucristo y sus enseñanzas, hace las siguientes preguntas: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? (Jn 3:4)…Si tuviéramos que responder, diríamos: ¡No! ¡Es imposible!...

Un tema fundamental del evangelio que predicó nuestro Señor Jesucristo, y luego sus discípulos, es la necesidad de: “nacer de nuevo”. Según el diccionario, la palabra nacer significa: Salir el animal del vientre materno, o del huevo. Empezar a salir un vegetal de su semilla. Originarse, tomar principio una cosa de otra. Empezar una cosa de otra, como saliendo de ella. Brotar, prorrumpir, etc.

Para poder entender el propósito de Dios en nosotros, necesitamos en primer lugar: creer en la predicación del evangelio que nos llama al arrepentimiento, y quien cree debe demostrar el arrepentimiento mediante el bautismo en agua, para lavamiento de pecados, y ser bautizados en el Espíritu Santo, que simboliza el sello del que será participante del reino de Dios, tal como se lo hace notar el Señor a Nicodemo. El arrepentimiento es un acto de reconocimiento y confesión de la conducta pecaminosa y que avergüenza ante la presencia de Dios. Por eso el rey David en uno de sus Salmos dice: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí (Sal 51: 10.)

La criatura que se ha arrepentido experimenta un cambio en su vida natural, descubre que las cosas que antes hacía o decía, hoy no las practica, y cuando se acuerda, se avergüenza de ellas. Este es el principio de la regeneración de la criatura que está naciendo de nuevo, y que no ha sido engendrado de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Jn 1: 13.) A éste, le da potestad de ser llamado, hijo de Dios. Porque recibió a su Hijo y creyó en su Nombre.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas (2Co 5: 17). Siempre debemos recordar que: él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento  de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Ti 3: 5.) Sabiendo esto: que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor a vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quién le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios (1Pe 1:18-21.)

Por medio de la locura de la predicación del evangelio, Dios está  rescatando lo que está perdido, la raza humana. Y está usando a aquellos que primero los hizo nacer de nuevo. Como ya leímos que la palabra nacer significa originarse, tomar principio una cosa de otra, como es el caso de la semilla, es necesario que ésta muera para que pueda brotar una nueva planta de su misma especie, lo mismo es necesario que el viejo hombre que estaba lejos de las misericordias de Dios, perdido en delitos y pecados, debe morir en la carne, para resucitar a una nueva vida en el espíritu.

Todo esto no está sujeto a nuestra voluntad, sólo está bajo la sola potestad de Dios. El tiene misericordia de quién quiere tener misericordia. (Ex 33:19; Rom 9:15), y a quién él quiere, llama. Pero, a fin de que no haya vanidad y jactancia en nosotros porque hemos sido alcanzados por su gracia, leamos lo que nos dice el apóstol Pablo en una de sus epístolas: Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni  muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.  Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1Co 1: 26-31.)

La pregunta que debemos hacernos es, ¿habrá muerto el viejo hombre: carnal, soberbio y orgulloso? Porque está escrito: Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día (Ef 4: 23.) Hasta que lleguemos a la altura de un varón perfecto, apto para toda buena obra. (2Ti 3:17) ¿O somos mansos y humildes de corazón, como lo fue el Señor cuando estuvo entre los hombres predicando su evangelio del reino? Recordemos el pensamiento de nuestro Salvador Jesucristo: El que ama su vida, la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará (Jn 12: 25.)

Antes, estábamos muertos para Dios, éramos esclavos del pecado y corríamos para practicarlo; ¡Y sin esperanza alguna!  Hoy, gracias a su infinita misericordia manifestada por su amadísimo Hijo, quien murió por nosotros en la cruz, resucitando de entre los muertos al tercer día para darnos esperanza de vida ante la presencia  de Dios… ¡¡Corramos, pues, en busca del reino que el Padre nos quiere dar por heredad!! (Lc 12:32.)  Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la Palabra de Verdad (2Ti 2:15), para que entres a ver y vivir en la gloria de Dios.

--Testigo Fiel

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